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Después del colapso: el duelo que comienza cuando termina la emergencia




Hay algo que me parece importante entender sobre las familias que perdieron a alguien en los edificios que colapsaron durante el terremoto: para ellas la tragedia no terminó cuando apareció el cuerpo, cuando se hizo el funeral o cuando dejaron de buscar entre los escombros. En muchos sentidos, ahí apenas comenzó otra parte de la historia.


Durante los primeros días todo está puesto en sobrevivir a la emergencia. Saber quién salió, quién sigue atrapado, a qué hospital llevaron a alguien, si todavía hay posibilidades de encontrarlo con vida. Las familias pasan horas recibiendo información incompleta, esperando una llamada, tratando de reconocer nombres en una lista, hablando con rescatistas y sosteniendo una esperanza que cambia minuto a minuto. Es una experiencia muy distinta a recibir la noticia de una muerte que ya ha sido confirmada. Aquí puede existir durante horas, incluso días, un espacio terrible entre dos realidades: todavía no sé si está vivo, pero tampoco sé si murió.


Esto no es un detalle menor dentro del duelo. Investigaciones realizadas con sobrevivientes de terremotos han mostrado cuánto pesa posteriormente ese tiempo de incertidumbre. Y tiene sentido. Para poder empezar a elaborar una muerte necesitamos, en algún momento, enfrentarnos a su realidad. Mientras una familia sigue esperando un rescate, todavía existe otra posibilidad. Por eso recuperar e identificar dignamente a quienes murieron en una catástrofe tiene una importancia que va mucho más allá de un procedimiento médico o legal. Saber qué pasó, saber dónde está la persona, poder despedirla, son cosas que ayudan a darle una forma concreta a una realidad que hasta entonces era casi imposible de comprender.

Pero incluso cuando esa certeza llega, queda otra dificultad que para mí es central cuando hablamos de duelo traumático: la manera en que ocurrió la muerte puede empezar a ocupar demasiado espacio.


Quienes pierden a alguien bajo los escombros pueden quedarse durante mucho tiempo regresando mentalmente a las mismas preguntas. Dónde estaba cuando ocurrió el terremoto. Qué alcanzó a sentir. Si sufrió. Cuánto tiempo estuvo atrapado. Qué hizo en sus últimos minutos. Si se habría podido rescatar antes. Si ese día hubiera tomado otra ruta, salido cinco minutos antes o decidido quedarse en otro lugar. Hay preguntas que podrán responderse y muchas otras que probablemente no.


Eso forma parte de este tipo de pérdida y merece ser escuchado. El problema aparece cuando el final empieza a tragarse toda la historia anterior.


Simon Rubin, uno de los autores más importantes en el estudio contemporáneo del duelo, ha trabajado precisamente esta idea. En las muertes traumáticas, la historia de cómo murió una persona puede adquirir tal fuerza que empieza a interferir con la posibilidad de acceder al vínculo completo que existía con ella. Me parece una observación profundamente importante para quienes acompañamos estos procesos, porque nos obliga a mirar más allá del hecho traumático. Una persona que murió bajo los escombros no es solamente alguien que murió bajo los escombros. Antes de ese día hubo una vida entera.


Hubo una forma particular de reírse, una manera de contestar el teléfono, discusiones familiares, comidas favoritas, costumbres que a veces molestaban, planes, historias, conversaciones privadas, formas de querer y maneras de estar en una familia. Hubo años que existieron antes de esas últimas horas.


Por eso, en algún momento del proceso, acompañar también implica ayudar a recuperar esa dimensión. No para borrar cómo murió ni para obligar a recordar cosas bonitas cuando todavía no se puede. Sería absurdo intentar reemplazar una realidad dolorosa por una versión más cómoda. Lo importante es que la violencia de ese último día no termine convirtiéndose en la única imagen disponible de esa persona.


La muerte forma parte de su historia, pero no puede quedarse con toda su historia.

Y esto me parece especialmente importante en una tragedia como la que vivimos, porque además las pérdidas no vienen solas.

En un colapso una familia puede perder a alguien y al mismo tiempo perder su casa. Puede perder los objetos que pertenecieron a esa persona, las fotografías familiares, documentos, recuerdos de los hijos, muebles heredados, ropa, mascotas, vecinos, la posibilidad de regresar al lugar donde vivía. Puede perder estabilidad económica, cambiar de colegio a sus hijos o tener que empezar de nuevo en otro barrio.


A veces hablamos de estas cosas como si fueran secundarias porque estamos comparándolas con una muerte. Pero el duelo no funciona haciendo una competencia de pérdidas.


Una casa puede ser mucho más que una construcción. Puede ser el lugar donde crecieron los hijos, donde se celebraron veinte navidades, donde murió un abuelo, donde todavía estaba el cuarto de alguien que ya no vivía ahí. Una fotografía puede convertirse en algo enorme cuando es una de las pocas cosas que quedaron. Un objeto aparentemente insignificante puede contener una historia que ahora no tiene otro soporte físico.


Por eso me parece importante ampliar las preguntas que hacemos a una familia después de una catástrofe. Claro que necesitamos saber a quién perdió. Pero también necesitamos comprender qué más desapareció de su vida ese día. Porque existe además otra pérdida que casi nunca se ve: el futuro que esa familia daba por hecho.


Cuando alguien muere no desaparece únicamente una persona del presente. También desaparecen muchas escenas que todavía no habían sucedido. El próximo cumpleaños. La graduación a la que iba a asistir. El viaje que estaban planeando. Los hijos que imaginaban criar juntos. La llamada que alguien daba por sentado que podía hacer la próxima semana. Los años que una pareja pensó que todavía tenía.


Parte del dolor del duelo también está ahí. En empezar a encontrarse con un futuro que sigue llegando, pero que ya no se parece al que se había imaginado. Y mientras todo esto sucede, la vida práctica empieza a exigir respuestas.

Esa es otra de las cosas que hace tan difícil un duelo después de un desastre. No existe un periodo protegido en el que la persona pueda dedicarse exclusivamente a entender lo ocurrido. Hay trámites, aseguradoras, decisiones sobre la vivienda, documentos que recuperar, hijos que atender, funerales que organizar, investigaciones, llamadas, trabajo, dinero. Hay personas que tienen que buscar dónde dormir pocos días después de haber perdido a alguien.


Entonces podemos ver a una persona resolviendo cosas, hablando con abogados, consiguiendo una casa, haciendo compras o regresando a trabajar y creer que está mejor.

No necesariamente.


Una de las miradas que más sentido me hace dentro del estudio actual del duelo es el Modelo de Proceso Dual desarrollado por Margaret Stroebe y Henk Schut. Ellos explican que después de una pérdida las personas se van moviendo entre dos necesidades que conviven: momentos en los que están mucho más conectadas con la ausencia y otros en los que necesitan atender la vida que quedó.

Eso se parece mucho más a la realidad que pensar el duelo como una serie de etapas que se van cumpliendo.


Una persona puede despertarse sintiendo que no puede con el día y tres horas después estar escogiendo un apartamento. Puede llorar toda la mañana y por la tarde reírse genuinamente con sus hijos. Puede tener una semana en la que siente que está encontrando cierta estabilidad y volver a sentirse devastada frente a una fecha, una canción o una conversación.

Nada de eso invalida lo anterior.

El duelo tiene movimiento y en las pérdidas por terremoto ese movimiento puede sentirse todavía más abrupto porque reconstruir algunas partes de la vida no es opcional. Hay cosas que necesitan resolverse aunque emocionalmente la persona todavía esté intentando entender qué pasó.


También me parece importante hablar del cuerpo y de los rituales, porque cuando ocurre una muerte violenta a veces terminamos tratando estos temas únicamente como asuntos logísticos.


Para muchas familias, poder recuperar el cuerpo, identificarlo y despedirlo forma parte de la manera en que empiezan a reconocer la muerte. Los rituales funerarios existen en prácticamente todas las culturas porque necesitamos alguna forma de darle lugar a la ausencia dentro de la vida de quienes seguimos aquí.


Esto no significa que un funeral haga que alguien “cierre” un duelo. No funciona así.

Pero sí puede ayudar a marcar algo que internamente todavía parece incomprensible. Esta persona murió. Esta vida existió. Esta comunidad reconoce su ausencia.


El problema es que después de una catástrofe esos rituales pueden quedar profundamente alterados. Puede haber demoras en la recuperación de los cuerpos, condiciones que impidan una despedida como la familia la habría querido, familiares que no logren llegar o ceremonias realizadas en medio de una emergencia en la que nadie tiene realmente capacidad de entender lo que está viviendo.

En esos casos puede ser muy valioso volver posteriormente a la despedida.


No necesariamente haciendo otro funeral. Puede ser reuniendo a la familia, recuperando fotografías, cocinando algo que pertenecía a esa historia, regresando a un lugar importante, creando un espacio de memoria, celebrando una fecha o simplemente hablando de esa persona cuando finalmente hay un poco más de espacio para hacerlo.


Los rituales no tienen que ocurrir una sola vez. Durante el duelo pueden aparecer distintas necesidades de recordar, despedirse y reconocer la vida que existió.

También es frecuente que dentro de la misma familia esas necesidades sean completamente diferentes. Este es un punto que genera muchísimo dolor y a veces conflictos innecesarios. Todos pueden haber perdido a la misma persona y, sin embargo, nadie perdió exactamente lo mismo.


Una esposa perdió a su esposo. Una hija perdió a su papá. Una madre perdió a su hijo. Una hermana perdió a quien conocía desde la infancia. Y cada relación tenía una historia propia.


En una misma familia, una persona puede necesitar hablar de lo ocurrido mientras otra apenas logra sostener el día y prefiere guardar silencio. Alguien puede querer conservar cada objeto, mientras otro necesita retirar algunas cosas de la casa porque no soporta verlas. Puede haber quien visite el cementerio con frecuencia y quien no quiera acercarse. También puede ocurrir que alguien vuelva pronto al trabajo porque necesita recuperar una rutina, mientras otra persona no tenga fuerzas para hacerlo durante mucho tiempo.


Estas diferencias no significan que unos quieran más que otros ni que alguien esté viviendo el duelo de manera correcta. Cada relación con la persona que murió era distinta, y cada quien encuentra sus propios recursos para enfrentar la ausencia.


El problema aparece cuando esas diferencias se convierten en juicios. Cuando se interpreta el silencio como indiferencia, la actividad como falta de dolor o la necesidad de conservar objetos como una incapacidad para avanzar. Ahí el duelo puede abrir nuevas distancias dentro de una familia que ya está atravesando demasiado.


Pero las personas no demuestran el amor de la misma manera y tampoco elaboran una ausencia de la misma forma.


Para mí, una parte muy importante del acompañamiento familiar consiste en ayudar a entender esto antes de que las diferencias en el duelo terminen convirtiéndose en nuevas heridas dentro de una familia que ya está atravesando demasiado.


Hay otra idea que también necesitamos revisar y es la creencia de que para poder seguir viviendo hay que desprenderse de quien murió.

Todavía utilizamos mucho palabras como cerrar, soltar o dejar ir. A mí me parecen especialmente delicadas cuando hablamos de una persona amada.


El vínculo no desaparece porque la persona murió. Lo que cambia es la forma de relacionarnos con ella.


La investigación sobre vínculos continuos ha mostrado que conservar una relación interior con quien murió puede formar parte natural del duelo. Y esto puede expresarse de muchas maneras: hablar de esa persona, mantener algunas tradiciones, cocinar sus recetas, guardar un objeto importante, pensar qué consejo habría dado, contarles a los nietos quién era, continuar algo que empezó.

No existe una fórmula. Tampoco significa quedarse detenido en el pasado.

A veces seguir viviendo incluye encontrar una manera distinta de llevar con nosotros a quienes ya no están físicamente.


Por eso, cuando pienso en qué hacemos desde la tanatología frente a una pérdida de estas características, mi respuesta no empieza por intentar disminuir el dolor. El dolor es proporcional al tamaño de lo perdido.


Lo primero es poder mirar de frente lo que ocurrió y acompañar a la persona mientras empieza a organizar una realidad que llegó completamente desorganizada.

Habrá momentos para hablar del colapso. Habrá momentos para hablar de la culpa. Habrá preguntas que necesiten repetirse muchas veces. Habrá cosas pendientes con quien murió. Habrá enojo, recuerdos, contradicciones, silencios y decisiones que la persona no sabe todavía cómo tomar. Y habrá también momentos en los que necesitemos volver a la vida de quien murió, no únicamente a su muerte.


En esas conversaciones, a veces basta con volver a lo concreto: cómo era esa persona en la vida diaria, qué le gustaba, qué relación tenía con cada miembro de la familia y qué recuerdos siguen vivos. También puede ser importante preguntarse qué quedó de ella en la familia, qué cosas todavía necesitan decirse y qué lugar puede ocupar ahora ese vínculo, aunque ya no exista una presencia física.


Ahí encuentro una diferencia muy importante entre acompañar un duelo y tratar de corregirlo.


El duelo no necesita convertirse inmediatamente en un problema que hay que resolver. Necesita espacio, tiempo y una mirada suficientemente amplia para entender lo que está ocurriendo. Eso, por supuesto, no significa desconocer que algunas personas van a necesitar además atención clínica especializada. Una muerte traumática puede coexistir con manifestaciones que requieren intervención psicológica o psiquiátrica, y un acompañamiento responsable sabe reconocer cuándo es necesario trabajar de manera interdisciplinaria.


Pero tampoco podemos convertir la intensidad del dolor en una enfermedad solo porque nos incomoda verla.


Después de una muerte de estas características, es esperable que el mundo interno de una persona se altere profundamente.


La pregunta no debería ser qué tan rápido puede volver a ser quien era.

Probablemente no vuelva a ser exactamente quien era. Una pérdida importante cambia nuestra biografía, pero también puede transformar profundamente la identidad con la que nos reconocíamos antes de la pérdida. En cierto sentido, quien éramos también muere en ese momento: muere una manera de habitar el mundo, de relacionarnos, de imaginar el futuro y de entender quiénes somos dentro de nuestra propia historia.


Esto no significa que desaparezcamos por completo ni que todo lo anterior pierda valor. Significa que el duelo no consiste únicamente en aprender a vivir sin la persona que murió. También implica atravesar una transformación de nosotros mismos.


Por eso el duelo no es un regreso a quien éramos antes, sino un proceso de transformación. Poco a poco, y no siempre de manera consciente, vamos construyendo una forma distinta de estar en el mundo, de relacionarnos con los demás y de llevar la ausencia dentro de nuestra vida.


La pregunta que me parece mucho más honesta es cómo va a aprender a vivir con esa historia dentro de su vida y eso toma tiempo.

Además, el tiempo de la familia y el tiempo de la sociedad casi nunca coinciden.


La ciudad recuerda el terremoto mientras todavía es noticia. Recuerda a los muertos durante los funerales, los homenajes, las investigaciones y tal vez cuando llega el aniversario.


Las familias los recuerdan en momentos que nadie más ve: al escuchar una canción, cuando necesitan llamar para contar algo, al llegar un cumpleaños o una graduación, cuando nace un niño o cuando se mudan a una casa que esa persona nunca conoció. La ausencia aparece en escenas comunes, sin aviso, y también en los momentos felices, cuando duele que esa persona no esté para ver lo que está ocurriendo.

Ahí entiendo por qué el acompañamiento después de una catástrofe no debería concentrarse solamente en las primeras semanas. Muchas veces, cuando el resto del mundo empieza a retomar su vida, la familia apenas comienza a encontrarse con la dimensión real de la ausencia.


También por eso creo que debemos ser muy cuidadosos con la necesidad de encontrar rápidamente un aprendizaje detrás de estas tragedias.


Hay momentos en los que queremos decir algo que alivie y terminamos ofreciendo explicaciones que la persona nunca pidió. Que todo pasa por algo. Que esa persona ya cumplió su misión. Que seguramente había un propósito. Puede que con el tiempo alguien encuentre un significado espiritual en su pérdida. Puede que transforme su dolor en una causa, en servicio, en una nueva manera de vivir o en algo que haga en memoria de quien murió.

Pero ese significado, si llega, tendrá que ser suyo. Hay muertes para las que quizá nunca exista una explicación que resulte suficiente.Y también podemos acompañar ahí. Sin inventar respuestas. Sin convertir una tragedia en una lección para hacerla más tolerable.


A veces acompañar es poder permanecer frente a una realidad que no tiene una explicación satisfactoria y ayudar a que, poco a poco, esa persona encuentre cómo seguir viviendo con ella.


En las muertes ocurridas bajo los escombros hay algo que me parece especialmente importante cuidar durante todo ese proceso: que el último día no termine borrando todos los demás.


Antes de morir en el terremoto, esa persona ya había vivido muchas cosas. Tenía una manera de reírse, de enojarse, de cuidar a los demás o de pedir ayuda. Tenía sus costumbres, sus planes, sus defectos y sus historias. Para quienes la querían, no era el cuerpo que después buscaron entre los escombros ni el nombre que apareció en una lista: era alguien con quien habían compartido una parte de la vida.


Tal vez una de las tareas más difíciles del duelo sea poder volver a esa persona completa. No para negar la forma en que murió, sino para que ese final no termine ocupando el lugar de todo lo que hubo antes. Que la familia pueda hablar de cómo murió cuando necesite hacerlo, pero que algún día esa no sea la primera ni la única imagen que aparece. Que los escombros formen parte de la historia sin quedarse con toda la historia.


Para mí, ahí hay una parte profundamente humana del acompañamiento tanatológico: ayudar a que una muerte tan violenta encuentre un lugar dentro de la biografía de quienes sobreviven, sin permitir que termine definiendo para siempre la vida de quien murió ni toda la vida de quienes quedaron.


❤️‍🩹



Referencias que orientan esta reflexión

Este artículo se apoya principalmente en el Modelo de Dos Vías del Duelo de Simon Rubin y colaboradores, especialmente su aplicación a pérdidas traumáticas; en el Modelo de Proceso Dual de Margaret Stroebe y Henk Schut; en los estudios longitudinales realizados con familias afectadas  por los terremotos de Sichuan; en investigaciones recientes sobre pérdida ambigua después de los terremotos de Turquía de 2023; en la literatura sobre vínculos continuos después de una muerte; y en las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y el Comité Internacional de la Cruz Roja sobre el manejo digno e identificación de personas fallecidas después de desastres.

Entre las principales fuentes consultadas se encuentran trabajos publicados en Frontiers in Psychiatry, Death Studies, OMEGA – Journal of Death and Dying y The American Journal of Geriatric Psychiatry, además de los manuales internacionales para la gestión de personas fallecidas después de desastres elaborados por OMS, CICR, OPS e IFRC.

 
 
 

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