¿Nos duele más que antes? Dolor, duelo y una cultura que ya no sabe esperar.
- Juliana Casas

- hace 3 días
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Últimamente me ronda una pregunta que no me parece menor: ¿hemos perdido tolerancia al dolor?

No lo digo solo por el dolor emocional. También hablo del físico, del mental, del cansancio, de la incertidumbre, de esa incomodidad interna que aparece cuando algo no se resuelve rápido. Nos desespera una migraña, una espera, una respuesta que no llega, un diagnóstico, una tristeza que se alarga, una relación que no cierra, un cuerpo que no mejora al ritmo que quisiéramos. Nos desespera no saber. Nos desespera sentirnos mal más tiempo del que nuestra cabeza considera aceptable.
Y entonces aparece esa frase tan repetida: “antes la gente aguantaba más”.
No sé si estoy tan de acuerdo.
Antes la gente no necesariamente era más fuerte. Muchas veces tenía menos permiso para quebrarse. Aguantaba porque no había opción, porque había hijos que alimentar, porque no existían tantos tratamientos, porque la vulnerabilidad se castigaba, porque la tristeza se escondía, porque el cuerpo se usaba hasta donde diera, porque muchas familias no tenían lenguaje para hablar de trauma, ansiedad, duelo o depresión.
Eso no significa que doliera menos.Significa que se hablaba menos.Y a veces confundimos silencio con fortaleza.
La ciencia hoy nos ayuda a mirar esto con más matices. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor define el dolor como una experiencia sensorial y emocional influida por factores biológicos, psicológicos y sociales. Es decir: el dolor no es solo una señal del cuerpo. También depende de la historia, del miedo, del contexto, del aprendizaje, de la cultura y de la posibilidad de recibir cuidado.
Eso me parece clave. Porque entonces la pregunta no es simplemente si antes aguantaban más. La pregunta sería: ¿en qué condiciones les tocaba aguantar?, ¿a qué costo?, ¿con cuánto silencio?, ¿con cuánta resignación?, ¿con cuánta comunidad?, ¿con cuánta desconexión del cuerpo?
El cuerpo humano no era otro cuerpo. No éramos una especie más resistente hace cien años. Lo que era distinto era la relación cultural con el dolor. Antes muchas molestias eran parte de la vida cotidiana. Había más trabajo físico, menos medicina disponible, menos anestesia, menos opciones terapéuticas, más exposición a enfermedad, duelo y pérdida. La expectativa de alivio era menor. Hoy, por fortuna, tenemos más recursos: analgésicos, anestesia, psicoterapia, fisioterapia, medicina moderna, diagnósticos, tratamientos, lenguaje emocional. Eso es un avance enorme. Pero también nos acostumbró a esperar alivio rápido.
Y cuando algo no se alivia rápido, lo vivimos casi como una falla.
Ahí creo que empieza uno de los grandes problemas de nuestra época: no hemos perdido humanidad por sentir dolor; hemos perdido entrenamiento para permanecer con lo que duele sin desesperarnos.
Lo veo mucho en el duelo. La persona no solo sufre por lo que perdió. Sufre porque siente que ya debería estar mejor. Porque alguien le dijo que tiene que soltar. Porque compara su proceso con otros. Porque se culpa por seguir llorando. Porque el mundo sigue funcionando como si nada, mientras por dentro algo todavía está tratando de entender qué pasó.
Y el duelo no funciona con reloj.
Una pérdida no solo rompe una presencia. Rompe una organización interna. Cambia los hábitos, el cuerpo, la identidad, la idea de futuro. Por eso también se llora una separación necesaria, una mudanza elegida, una empresa que cerró, un cuerpo que cambió, una etapa que terminó, una versión de uno mismo que ya no pudo seguir.
Muchos de los duelos más fuertes no tienen funeral.
Nadie lleva flores cuando se cae un proyecto de vida. Nadie hace velorio por una identidad que se termina. Nadie necesariamente entiende que también puede doler una decisión correcta.
Y como no hay ritual, no hay contenedor. Entonces el dolor queda suelto.
Hoy hablamos más de salud mental que nunca, pero no estoy segura de que sepamos acompañar mejor. Tenemos palabras para todo: trauma, apego, ansiedad, burnout, sistema nervioso, regulación emocional. Pero tener vocabulario no siempre significa tener presencia. A veces sabemos nombrar muy bien lo que sentimos, pero no sabemos quedarnos ahí sin querer resolverlo de inmediato.
Queremos entender rápido, sanar rápido, cerrar rápido, convertirlo en aprendizaje rápido. Incluso en el mundo terapéutico y espiritual se cuela esa prisa: suelta, decreta, transforma, vibra alto, agradece, pasa la página. Y no digo que esas herramientas no sirvan. Digo que a veces se usan para no tocar el dolor real.
Hay dolores que primero necesitan ser reconocidos antes de ser transformados.
El cuerpo además no procesa el dolor emocional como si fuera una idea abstracta. La investigación sobre dolor social ha mostrado que experiencias como el rechazo, la exclusión o la pérdida vincular comparten procesos con el dolor físico. No es “drama”. No es exageración. El cuerpo también participa de una ruptura, de una ausencia, de una traición, de un abandono.
Por eso una pérdida puede quitar el hambre. Por eso una ruptura aprieta el pecho. Por eso la ansiedad se siente en el estómago. Por eso el duelo puede dejar sin fuerza en las piernas. El cuerpo no está siendo irracional. Está intentando procesar una amenaza a la seguridad, al vínculo, al futuro, a la pertenencia.
Y si a eso le sumamos cómo vivimos hoy, se entiende mucho más.
Llegamos al dolor con el sistema nervioso saturado. Más pantallas, más ruido, más comparación, más incertidumbre económica, más presión por producir, más soledad, más cansancio. No llegamos limpios a una pérdida. Llegamos muchas veces agotados. Entonces cualquier dolor cae sobre un cuerpo que ya venía en deuda.
También estamos más solos, aunque parezca lo contrario.
Tenemos chats, redes, mensajes, videollamadas, historias, likes, grupos. Pero muchas personas no tienen con quién derrumbarse de verdad. Con quién repetir la misma tristeza sin sentir que molestan. Con quién estar calladas. Con quién no tener que explicar. La OMS ha advertido que la soledad y el aislamiento social tienen impacto serio en la salud física y mental, y estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad.
Y un dolor vivido en soledad pesa distinto.
No necesariamente duele más por el evento. Duele más por la falta de brazos, de ritual, de pausa, de testigos.
Por eso me parece pobre decir que hoy somos más débiles. Creo que hoy estamos intentando hacer duelos humanos dentro de ritmos profundamente inhumanos.
Antes la cultura era más dura y muchas personas sobrevivían callando. Hoy tenemos más recursos, pero también más prisa. Antes quizá se aguantaba más, sí, pero muchas veces a costa del cuerpo, del silencio, de la represión, de enfermedades no nombradas, de dolores heredados por generaciones. Hoy hablamos más, pero a veces nos desesperamos más rápido porque ya no sabemos esperar lo que no puede acelerarse.
Entonces no se trata de volver al “aguante” de antes.
No necesitamos aprender a tragarnos el dolor.
Necesitamos aprender a sostenerlo mejor.
Eso implica dejar de medir la fortaleza por la velocidad con la que alguien vuelve a funcionar. Implica recuperar rituales, conversaciones reales, comunidad, descanso, permiso. Implica entender que no todo dolor necesita explicación inmediata. A veces necesita presencia. A veces necesita médico. A veces necesita terapia. A veces necesita silencio. A veces necesita que alguien diga: “entiendo que esto todavía te duela”.
Quizá la pregunta útil para quien está atravesando algo difícil no sea “¿por qué no puedo superar esto?”, sino “¿en qué condiciones estoy intentando vivir este dolor?”.
Porque no es lo mismo doler acompañado que doler solo. No es lo mismo doler descansado que doler exhausto. No es lo mismo doler con permiso que doler con culpa. No es lo mismo doler en una cultura que espera, que doler en una cultura que empuja.
Tal vez no nos duele más que antes.Tal vez nos duele con menos contenedor.
Y cuando el dolor no encuentra lugar, grita más duro.


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