¿Qué pasa con quienes sobreviven después de una tragedia?

Estos días he visto cómo Cali empieza a moverse otra vez. Volvemos al trabajo, hacemos planes, retomamos conversaciones que no tienen que ver con el terremoto. También necesitamos hacerlo. La vida sigue, incluso cuando sucede algo que por momentos parecía haberla detenido.
Pero no sigue igual para todos.
Hay familias que todavía están viviendo las consecuencias del terremoto del 10 de agosto. Algunas perdieron a alguien. Otras perdieron su casa, su negocio, sus pertenencias o tuvieron que salir del lugar donde vivían. Para muchas personas, lo ocurrido no terminó cuando dejó de temblar.
Hace unos días vi un reportaje sobre Venezuela en el que hablaban de 20 sobrevivientes del terremoto que posteriormente habrían muerto por suicidio. La cifra me impactó y quise saber de dónde venía antes de compartirla.
No pude confirmarla.
De hecho, especialistas de la Sección de Suicidiología de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría y de la Federación de Psicólogos de Venezuela hicieron recientemente un llamado a la prudencia frente a los presuntos casos de suicidio que estaban circulando en redes, porque no existían registros oficiales que permitieran verificarlos.
Así que decidí no escribir sobre 20 suicidios que no sé si ocurrieron. Lo que encontré mientras investigaba me llevó a algo que me interesa mucho más, especialmente después de lo que hemos vivido aquí: qué pasa con una persona cuando sobrevive a una tragedia y después tiene que aprender a vivir con todo lo que perdió.
En los primeros días casi no hay espacio para pensar en eso. Hay que encontrar a la familia, atender a los heridos, saber si se puede volver a la casa, conseguir dónde dormir, resolver cosas que unas horas antes ni siquiera imaginábamos que tendríamos que resolver.
Después empieza a sentirse la dimensión real de lo sucedido. Una catástrofe puede dejar muchos duelos al mismo tiempo.
Está, por supuesto, la muerte de las personas que amamos. Pero también hay casas donde estaba guardada una vida completa, negocios que costaron años de trabajo, barrios donde estaba nuestra comunidad, objetos que quizá no tenían un gran valor económico pero sí una historia. Hay personas que no perdieron ninguna de esas cosas y aun así dejaron de sentirse seguras dentro de su propia casa.
Desde la tanatología, todas esas pérdidas importan.
A veces se cree que el acompañamiento tanatológico solamente tiene lugar cuando alguien muere. No es así. El duelo también aparece cuando perdemos algo que tenía un lugar importante en nuestra vida y tenemos que reorganizarnos alrededor de una realidad que ya no es la misma.
La OMS reconoce que después de una emergencia pueden aparecer duelo, problemas de sueño, miedo, tristeza, estrés, pérdida de medios de vida y ruptura de las redes que normalmente nos sostienen. En muchas personas ese sufrimiento irá disminuyendo con el paso del tiempo.
Eso también es importante decirlo porque no quiero convertir cada reacción humana después de una catástrofe en un trastorno.
Hay gente que necesitará hablar muchas veces de lo que pasó. Otra se mantendrá ocupada porque todavía no puede entrar en contacto con todo lo que siente. Algunas personas tendrán miedo de volver a dormir en su casa o de entrar a un edificio. Otras aparentemente retomarán su vida muy rápido. No existe una única manera correcta de elaborar lo ocurrido.
Dentro de esos duelos pueden aparecer además sentimientos difíciles de admitir.
Una persona puede quedarse pensando por qué ella sobrevivió cuando alguien cercano murió. Puede repasar durante meses lo que hizo, lo que no hizo o aquello que cree que habría podido hacer diferente. Puede sentir culpa por empezar a disfrutar nuevamente de su vida.
Aquí es donde el acompañamiento puede hacer una diferencia, no porque podamos quitarle el dolor a alguien ni porque tengamos que encontrar rápidamente una explicación para lo ocurrido.Acompañar un duelo es ayudar a que una persona pueda mirar lo que perdió, ponerle un lugar dentro de su historia y empezar poco a poco a reorganizar su vida alrededor de esa ausencia.
En consulta, después de una pérdida de esta magnitud, muchas veces hay que trabajar varias cosas que están ocurriendo al mismo tiempo. El duelo por quien murió puede coexistir con el miedo, la culpa, la rabia, la pérdida de seguridad, los cambios económicos, la ruptura de una rutina y la sensación de no saber quién soy ahora ni qué hago con la vida que me quedó.
No necesariamente se resuelve hablando solamente del día de la tragedia.
Podemos hablar de la persona que murió y de la relación que teníamos con ella. También de la culpa por haber sobrevivido, de lo que creemos que pudimos hacer distinto o de todo aquello que perdimos y que los demás quizá no reconocen como un duelo.
No se trata de encontrar una explicación para lo ocurrido ni de obligarnos a sacar algo bueno de una experiencia así. Antes de pensar en el sentido, muchas veces necesitamos reconocer lo que pasó y darle un lugar al dolor.
Desde afuera es muy fácil decirle a una persona que agradezca estar viva, que Dios la dejó aquí por alguna razón, que tiene que ser fuerte por los demás o que algún día entenderá para qué ocurrió todo esto.
Yo tendría mucho cuidado.
Hay pérdidas que primero necesitan ser reconocidas. Si en algún momento aparece un nuevo sentido, una nueva dirección o una manera distinta de entender la propia vida, ese proceso tiene que pertenecerle a quien vivió la experiencia.
No podemos imponerle propósito a alguien para hacer más tolerable nuestro propio malestar frente a su dolor.
Fue pensando en todo esto que quise revisar qué sabemos realmente sobre suicidio después de los desastres naturales. La respuesta es bastante menos simple que algunos titulares.
Una revisión sistemática publicada en 2025 analizó 64 estudios sobre desastres naturales y conducta suicida, 39 de ellos relacionados con terremotos. Los resultados sobre muertes por suicidio fueron muy diferentes dependiendo del país, la población estudiada y el tiempo transcurrido. Con la evidencia disponible no se puede afirmar que después de un terremoto necesariamente aumenten las muertes por suicidio.
Sí se han encontrado con mayor consistencia pensamientos suicidas y conductas suicidas no fatales en algunas poblaciones afectadas. Una revisión específica sobre terremotos encontró además que la ideación suicida puede persistir durante etapas posteriores de la recuperación.
También sabemos que lo ocurrido durante la catástrofe es solamente una parte de la historia. Las condiciones en las que una persona tiene que vivir después pesan muchísimo: perder el trabajo o la vivienda, quedarse sin una red de apoyo, enfrentar dificultades económicas, problemas de salud o no tener acceso a atención cuando la necesita.
Por eso para mí es tan importante no reducir la prevención a decirle a alguien que busque ayuda. Necesitamos acompañar mucho antes de llegar a una crisis.
Ahí también entra mi trabajo como tanatóloga.
Puedo acompañar a una persona que perdió a alguien y no sabe cómo empezar a vivir con esa ausencia. A quien sobrevivió y carga con culpa. A quien siente que perdió su seguridad después del terremoto. A quien está atravesando varias pérdidas al mismo tiempo y todavía no alcanza a entender por qué se siente tan desorganizado. A quien ve que todos están retomando la vida mientras la suya sigue detenida en lo que pasó.
El acompañamiento tanatológico no busca olvidar lo ocurrido ni cerrar un duelo rápidamente. Busca ayudar a elaborar la pérdida, integrar lo vivido y encontrar una manera posible de seguir adelante sin negar lo que cambió.
También puede ayudar a reconocer qué pertenece al proceso de duelo y cuándo lo que está ocurriendo necesita además la intervención de otros profesionales. Porque hay un límite que también tenemos que conocer.
Una persona puede estar atravesando un duelo profundamente doloroso sin tener riesgo suicida. Pero si empieza a decir que no quiere seguir viviendo, que preferiría estar muerta, que los demás estarían mejor sin ella o expresa directamente una intención de suicidarse, ya no estamos únicamente frente a un proceso de duelo que deba acompañarse en consulta.
En ese momento necesitamos priorizar su seguridad y activar atención especializada.
En Colombia, el Código Dorado establece una ruta de respuesta inmediata frente a la conducta suicida. En Cali puede activarse llamando a la Línea 106 o, ante una emergencia, al 123.
Pero no quiero que esperemos a llegar a ese punto para pensar que alguien merece acompañamiento.
El duelo puede acompañarse mucho antes.
Si desde el terremoto sientes que perdiste algo importante, que no has podido acomodar lo que ocurrió, que tu vida se siente distinta o simplemente necesitas un espacio donde puedas hablar de lo que estás viviendo sin que te apresuren a estar bien, ese es precisamente el tipo de proceso que acompaño como tanatóloga.
No tienes que esperar a estar en crisis para pedir ayuda. A veces empezar a elaborar una pérdida consiste simplemente en tener un lugar seguro donde poder mirarla.
Si necesitas acompañamiento, puedes agendar una sesión conmigo en esta misma página ❤️🩹



Comentarios